Decisiones Parlamentarias: ¿Están obligados a algo?

15 Marzo 2021
Por qué nos extrañan sus decisiones; a ellos no se les exige dar cuentas, no sienten el compromiso. Ese es el foco del conflicto entre representantes y representados.
Roberto Bravo >
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Un profesor responde ante el director(a) y ante los apoderados; un médico ante el jefe(a) de su unidad y los pacientes; un trabajador(a), siempre ante sus jefes; todos respondemos, damos cuenta de nuestras acciones. Ellos no, decreto de nombramiento con juramento incluido, no es suficiente compromiso; salvo ante su deidad, de lo contrario no jurarían.

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En el parlamento lo sabemos, nos consta, no leen lo que votan, obedecen al mandato de las bancadas, mecanismo de alienación para aquello. Hablar no requiere esfuerzo; si estudiar, analizar, entender lo que se lee y escribir para proponer, esas son las habilidades ausentes, facilitado por la hegemonía del ejecutivo en cuanto a propuesta legislativa y promovida por los controladores de la política.

Cuando no hay argumentos o son febles, no reconocidos por la contraparte, surge el inefable voto en conciencia, como si se representaran solos. La función parlamentaria no requiere votar en conciencia y menos anular o abstenerse, si hacerlo argumentadamente. El único ámbito donde convergen exultantes, es en la solución a sus entuertos electorales y judiciales. Qué decir de la fiscalización, la ropa tendida impide la acción, por ende, la función es discreta.

La aprobación de la iniciativa de militarizar la Araucanía, no nos debiera extrañar, desde vagas razones hasta equivocaciones al apretar el botón -como chiste, malo; como excusa, peor- dan luz verde a legitimar el control y uso de la fuerza. Es tal la desconfianza, que la extensión del estado de catástrofe, da para especular respecto de dobles intenciones, instrumento para contener el descontento, hasta proteger intereses privados.

Una vez asidos al poder, las decisiones corren por carriles desconocidos e incluso impensados. Pasó con la ley de aguas y ahora pasará con la reforma del gobierno a las pensiones. Los ciudadanos queremos un sistema de previsión; el actual nunca lo fue, se agotó, rentó solo para los operadores. De qué reforma hablan; salvo el pilar solidario, con incremento del aporte patronal, todos lo demás seguirá tal cual.

Sabemos a quién respondían cuando votaron la ley Longueira, toda la maquinita aceitada, mucha plata en juego y ellos añadiendo ceros a sus cuentas. Discutimos si bajamos la dieta y no del financiamiento ilegal que es la causa; cuestionamos la decisión y su correlato en el voto y no su origen, los argumentos en cuestión y los intereses representados.

Que los parlamentarios se desperfilen, a ojos de un opositor o de un atento ciudadano, no tiene importancia; ellos son, ante todo, seres contumaces. En el congreso, por deformación o negligencia, están lejos de la lógica cartesiana, como nosotros de representárselas.

Por qué no los interpelamos; será porque somos corresponsables de su desempeño. Valoramos poco el voto, sin mayor consideración, salvo, hasta que una situación particular nos apremia o nos indigne alguna decisión desvinculada de toda consideración de base.

Quien a nadie responde, no tiene por qué dar explicaciones. Si no es ante la justicia por sus ilícitos, ¿por qué habrían de hacerlo ante los electores?

Tienen tantos dobleces las decisiones políticas, que un esfuerzo, aunque sea discreto por desplegarlas, no estaría de más.

De nosotros depende ir a votar y decidir por quien. No participar, así la política, es decisión moralmente poco cuestionable; para eso está el voto voluntario, para eximirnos del ritual y a ellos de representarnos.

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